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lunes, 12 de marzo de 2012

Sin querer estuve en el paro de Transmilenio - Segunda entrega

Crónica 
Por: Claudiasincensura

Cuando llegue a la estación próxima a la universidad cruce la calle,  reconocí a varios compañeros, levante la mano para saludar y no le di mayor importancia a su presencia, porque en mi mente la profesora crecía de tamaño desorbitadamente y veía cómo con un gran  lapicero rojo colocaba junto a mí nombre un redondo cero que me dañaría el promedió.

Camine hacia la facultad, salude al señor de la esquina que vende chicles y cigarrillos, me pregunto ¿parce y hoy no va a llevar lo de siempre? y le dije no, no, más rato, hoy voy muy tarde y él sonrió. Llegué a la puerta y por variar mi suerte no era  la mejor, habían cambiado al vigilante quién me pidió el carnet para ingresar, ese momento se hizo eterno, esculque entre mis bolsillos  y no sabía ¡a dónde diablos había dejado ese susodicho papel!, hasta que por fin lo encontré y él verificó la foto, la fecha de caducidad, lo único que le falto fue pedirme la huella digital, ufff!!! y luego me dio paso.

Transité por los pasillos con una angustia descomunal, subí las escaleras al tercer piso, llegue al salón y estaba vacío. No lo podía creer,  la gorda se había ido, bueno la profe se había ido, ya eran las nueve y cuarenta, la clase no debería haber terminado. Me senté cansado y desilusionado de este mal día, una vez más tomé aire y baje a buscarla.

En la plazoleta central estaban reunidos los compañeros de clase y  entre burlas me dijeron qué a qué había ido si la profesora espero hasta las ocho, recogió los trabajos, había puesto ceros a diestra y siniestra, y se marchó sin decir nada.  En ese momento recordé lo que decía un amigo, que la mente atraía, me sentí miserable, agotado. Agarre mi cara con las dos manos y de mis entrañas brotó un 'madrazo' más grande que la misma madre de la profesora. Ya nada podía hacer, solo esperar que el próximo lunes el transmilenio fuera mejor, bueno que ironía, ya sé que no será mejor.

Entré a la cafetería y pedí un café. El ambiente estaba raro,  había mucho revuelo, me relaje y pensé que solo era una mal día. De pronto entro un grupo de estudiantes de primer semestre felices y saltando en una pata, ya no hay más clase y yo que aún no aterrizaba en la realidad, les pregunte y ¿por qué?, pues por el paro, no ve que no hay transporte, el transmilenio está bloqueado. Ahí me di cuenta que mi único problema no era el cero que coloco la maestra, sino cómo devolverme para la casa.

Recordé  lo que decía la convocatoria en facebook sobre el paro que sería una manifestación pacífica y se le pedía a la gente que estuviera tranquila, que entonará consignas, que se sentaran en los andenes y en el piso de la calle para que los buses no pasaran. No me pareció descabellado porque eso lo había visto a los largo de mi recorrido. Lo que no decía era sobre la presencia de esos uniformados de negro.

Tome lentamente el café como si quisiera borrar lo malo de esta mañana y lo bebí espaciosamente como si deseará  que el tiempo pasará lo más lento posible. Luego salí de de nuevo a la plazoleta con la bebida en la mano y me reuní con los compañeros del semestre, los note ansiosos, como nerviosos, hablaban bajo. Mientras me tomaba el tinto los observaba entrar y salir.

Era raro, nadie hablaba de la profesora gorda y mala gente, parecía que al único que le importaba esta "personajilla de marras", era a mí. De pronto Juan dijo: llego la hora de salir los de  de administración y las otras facultades ya están afuera. Yo les pregunte ¿ir a dónde? ¿al paro?, sí nos vamos para allá o es que a usted le da ‘culilllo’, replicó Juan, yo le conteste: no hermano la vaina esta fea, yo vi a los policías esos del Esmad como espantaban a la gente, pues no se…

Entonces todos me rodearon y comenzaron a hablar de la tragedia de sus vidas. Catalina me dijo ¿usted sabe qué en nuestro país tenemos la gasolina más cara de Suramérica? y qué aquí no pasa nada, pero todos los días comemos y los alimentos suben por el costo del transporte y le echan la culpa dizque a la lluvia o al sol. Juan agrego, cuántos de nosotros no venimos a estudiar escasamente con lo de los buses, hermano haga cuentas, el mínimo es un poquito más 500 mil pesos  y eso se gana mi mamá haciendo el aseo, mi solo transporte es de casi 70 mil ‘lucas’ al mes, solo para venir aquí y la vieja tiene que darle a mis hermanos lo de las onces, su transporte, la comida y los otros gastos  de la casa. A usted le parece justo que tengamos que someternos solo a ese transporte tan caro y malo o ¿no me diga que a usted no lo suben a empujones? y ¿qué siempre tiene para el transporte?. Así escuche a cada uno dándome las explicaciones del por qué debería salir.

Me dio “vaina” dejarlos solos y entonces les dije bueno, yo voy un rato porque después tengo que buscar en qué irme, fue como la única disculpa que encontré para liberarme de ese compromiso. 

Salimos de la universidad y el mismo vigilante esculco las maletas de todos y con su mirada agresiva, nos miró salir. Llegamos a la esquina, los jóvenes estaban aún sentados en los andenes, cantando y gritando consignas, me alegre de ver que todo se estaba desarrollando como lo decía la convocatoria, vi a los compañeros,  los salude e identifique a algunos de la otra universidad cercana. No me demoré en entrar en calor, comencé a gritar  las arengas, a reír un rato porque por fin habíamos parado a los buses rojos y el tiempo paso sin que me diera cuenta.

Al rato de estar ahí, uno de los compañeros nos dijo que debíamos movilizarnos a la siguiente estación porque allí había poca gente, así que yo me dispuse a ir con ellos porque avanzaba hacia mi casa. Cuando nos levantamos  para irnos comenzó a llegar el Esmad y pensé para mis adentros: huy... menos mal que me voy, aquí la cosa se puso peluda. Éramos unos treinta los que nos íbamos para la otra estación, algunos gritaban, otros cantaban y nuestro grupo se fue todo el trayecto hablando de lo mal que estaba el país, de cómo a las generaciones anteriores a nosotros no las dejaron protestar porque les mandan el antiguo Esmad o sea  la PM, nos pareció gracioso y nos reímos mucho porque Cony comenzó a narrar lo que sus papás le habían contado, cómo se escapaban de los policías militares, las peripecias para protestar  y así caminamos algo más de ocho cuadras.

Al llegar a la estación había muy  pocos estudiantes, nosotros   nos apostamos en los andenes y en el piso como estaba dispuesto, empezamos a gritar las consignas, la tarde fría caía sobre nosotros, todo se desarrollaba en calma y el tiempo pasaba sin que me afectará. En un momento hice un alto y observe como la gente del común, esa que todos los día reniegan contra este transporte masivo, se apostaba en los andenes y nos miraban como bichos raros, entonces reflexione: si a ellos al igual que a nuestras familias el Estado no les cumple con los derechos fundamentales y montan en transmilenio todos los días ¿por qué razón ahora nos miran como si fueran de mejor familia?, gente de doble moral, pensé, les gusta hablar y hablar y ninguno es capaz de sentarse aquí. Me sentí tan raro que solo veía como ellos sacaban sus celulares y buscaban el mejor ángulo de nuestro encuentro para tomarlo… ¡pampilinas!  ¡Gente de recontradoble moral!.

Pero no solo ellos, los curiosos y los incapaces nos observaban, en el cielo opaco se veían pasar continuamente helicópteros que me imagino “controlaban” desde el aire nuestras actuaciones. De pronto a lo lejos se escucharon estruendos, unos tras otros y mis compañeros dijeron: ¡Maricas son los del Esmad! y parece que es en la otra estación… Entonces comenzamos a llamar a quienes se quedaron allí y nos contaron que  los policías iniciaron su desfile de bolillos pegándole a los escudos y al tiempo tiraron gases lacrimógenos e hicieron estallar los ensordecedores, es la manera que tienen para retar, exaltar a los manifestantes y luego atacar. Eso allá estaba grave, menos mal, pensé nuevamente, me vine para acá.

En medio de la angustia de cómo estaban los otros jóvenes, no nos dimos cuenta cuando llego un grupo de muchachos y muchachas vestidos como estudiantes, con el rostro tapado con sacos y empezaron a lanzar piedras contra la estación. Los vidrios comenzaron a volar y más y más piedras tiraban, el ruido era enloquecedor y nosotros gritábamos que eso no estaba dentro de los planes, que pararan, pero ya era tarde, iniciaba la destrucción, el robo y el vandalismo. La ansiedad y el miedo  se apoderaron de nosotros y no sabíamos qué hacer, entonces nos desplegamos hacia  los costados y el grupo se fraccionó.


A los pocos minutos llego la policía, el Esmad, a ese al que le había huido todo el día y comenzó la batalla campal, piedras, gases, ensordecedores, parecía la batalla final. Entonces nos comenzaron a perseguir  como si nosotros hubiéramos sido los culpables de esa barbarie, muchos de mis compañeros al huir fueron atrapados, golpeados, pateados y subidos a un camión, sin importar que fueran niñas o niños, sin darles tiempo siquiera  de respirar; pero a esos que no fueron invitados y llegaron a sabotear lo que nosotros consideramos una causa justa, ninguno fue atrapado, me pregunto ¿por qué?, ¿será que tienen experiencia en volarse? o ¿será que la policía solo se la monta a los estudiantes?, no sé qué pasó.

En medio del desespero y el pánico corrí tanto y tanto que deje a mis espaldas los gritos de auxilio de mis compañeros de jornada y luego de huir velozmente por muchas cuadras, pare, me senté y me recosté contra una pared, pensé en ellos, en Juan, en Cony, en Natalia y... en esos otros tantos. Lloré de impotencia, de rabia, porque me di cuenta tristemente que el problema no era mi profesora, ni el trabajo que con tanto esfuerzo hice para entregar, ni el transmilenio, me di cuenta que en este país de ¡mierda! nos educan para matarnos entre nosotros, entre todos los que tenemos hambre, entre todos los que cada mañana salen a luchar por la comida de su familia y que los qué roban como esos malnacidos saboteadores o los grandes señores que se jactan de robarnos miles y millones de pesos, no les pasa nada. 

Dure en la misma posición un largo tiempo hasta que el frío de la noche se metió lentamente entre mis huesos, entonces decidí no correr más y camine hacia mi casa a lo largo de la calle, con el andar cansado del derrotado y del indignado que muy seguramente después de retomar fuerzas volverá  un día a apoyar a la justicia y levantará su grito contra un Estado corrupto e incapaz. Hoy yo solo quería entregar mi trabajo y sin querer estuve en el paro del transmilenio.

2 comentarios:

  1. Eso somos nosotros, injusticia y 2moral como lo dices, pero desgraciadamente siempre va a haber oportunistas que lo unico que buscan es lucrarse o llamar la atencion a costillas de los demas.

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