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jueves, 5 de septiembre de 2013

"Contigo construimos equidad social"

Crónica - Gente que ayuda al otro mundo de mí ciudad


Me levante muy temprano, era domingo, un día especial porque  iba al encuentro con una mundo que palpo todos los días cuando salgo alas calles de mi ciudad, me dirigía a un mundo de pobreza absoluta y de infamia que solo da el tiempo y la dejación de los malos gobiernos o simplemente, para muchos, eso que llaman destino y para otros el mundo de la perversión y el peligro.  El contacto lo hice días antes con  una entidad sin ánimo de lucro que trabaja con poblaciones vulnerables. Me citaron a las 7 de la mañana en la estación de transmilenio de la 19 con caracas.

Llegue minutos antes de la hora convenida, me estaban esperando:
_Hola, gracias por venir.
_A ustedes por permitirme compartir estos momentos.

Este fue el saludo que me dieron una pareja joven de esposos que ha cifrado su empeño en ayudar a la comunidad vulnerable de Bogotá.

Me invitaron a caminar a su lado mientras nos desplazábamos por la avenida caracas hacia el sur. Al comienzo el silencio era total. Esta zona estaba tan fría, no había  almacenes abiertos, el tránsito era escaso y se sentía el temor implícito por el silencio de la ciudad. Aún el sol no asomaba sus rayos y el frío se calaba en los huesos. 

Poco a poco entramos en confianza y comenzaron a narrar la importancia  de trabajar con está parte de la sociedad vulnerable y desechada por muchos como seres inferiores y sin horizonte.

El rostro de Hernán, coordinar de este proyecto, llama la atención. Es de contextura delgada, con mirada profunda y descriptiva. Su cara se ilumina a medida que va narrando como las personas de la calle luchan día a día por un pedazo de pan o por recoger las sobras que la gente "de bien" tira en las canecas y cómo ellos desde que iniciaron su fundación se propusieron a ayudar a la prevención de la violencia basada en poblaciones vulnerables, en especial a las mujeres con problemas de drogadicción, prostitución y enfermedades de alto riesgo y a éste grupo vulnerable que visitamos hoy.

Su   cara se fue transformando cuando habla del apoyo que la gente les brinda con sus aportes, pero también nos cuenta de lo difícil qué es para algunos donar dos mil pesos, aproximadamente un dólar con cincuenta, qué es lo que vale este plan "Un desayuno en su casa: La calle".


Mientras caminamos rumbo a ese mundo que les causa tanto afán de ayuda, nos seguía un grupo de personas  que traían bolsas y paquetes, todos en una gran procesión silenciosa. Entonces Dina se acercó a nosotros, ella es la directora de este proyecto, le pregunte:
_ Qué sino le daba miedo acercarse a este a este grupo de personas, ¿qué por sí son resentidas y peligrosas? 
Abrió sus pequeños ojos achinados y con una sonrisa me respondió: _No. Hemos olvidado que esos seres  que vemos todos los días deambular por la calle son personas que sienten y tienen necesidades como nosotros los que tenemos la posibilidad de vivir mejor. Ellos carecen de afecto, alegría, de momentos que los hagan sentir verdaderamente importantes para una sociedad que esta corrompida por el clientelismo y que les robó la oportunidad de tener un futuro mejor.
Hizo un silencio largo y seguimos caminando.

Llegamos a la avenida caracas con calle 16 y a lo lejos vimos a dos hombres que aguardaban por el grupo. Juan y Esteban, dos jóvenes  estudiantes de la zona del 20 de julio, en Bogotá, y que viven en un viejo edificio de la calle 19. Ellos son los encargados de preparar más de cien chocolates, es una bebida común en Colombia,  mientras que en las bolsas que traen los demás hay cien porciones de fruta y otra cantidad igual de emparedados.  

Continuamos caminando y llegamos a la carrilera, un sitio abandonado, donde viven y se reúnen  los habitantes de la calle.

Una olla grande es dejada en el piso, su aroma es el encargado de llamar a los comensales. Son pocos los que se acercan, vienen lentamente, su paso es cansado, otros están a la espera del desayuno "más suculento" que hayan probado en los últimos días.

todo se alista a la orilla del anden, la olla con el chocolate, los emparedados saltan de las bolsas, la fruta muestra su color vivo y los vasitos forman una cadena mágica de alegría, a la espera de ser utilizados. A cada uno de los que se acerca se les da su recipiente el cual se llena de chocolate, en la otra fila se les entrega el emparedado y la fruta.

Hombres y mujeres hacen la fila, sus rostros hambrientos reflejan la ansiedad que les genera recibir un buen alimento, no hay peleas, pero sí, bromas que se escuchan a los lejos. Luego de recibir su desayuno se van apostando lentamente en los costados de la carrilera, contra algunas paredes y en diferentes sitios. Cada uno toma su ración como si fuera la última y la devoran en cuestión de segundos.


Al observarlos da la sensación de estar en un campo de concentración o quizá al lado de guerreros vencidos en batalla, esa batalla que es la vida. Todos se ven uniformados aunque sus trajes sean de diferentes colores, pero es que la suciedad que los acompaña hace que todo sea lúgubre y grisáceo.


Así como llegaron lentamente,   se alejan, pero con una gran diferencia han saciado en parte el hambre de muchos días, van de vuelta a sus refugios o quizá a caminar las calles frías de la gran ciudad. Desaparecen en el escenario desalentador de esta calle  y así termina todo este encantamiento infrahumano.





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